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Podemos imaginarnos que nosotros conducimos un coche y nuestros hijos son los que van detrás dirigiendo. En la vida de cada uno de ellos, deben aprender cómo se conduce el coche. Esto lo aprenden viéndonos a nosotros conducir el nuestro y conduciéndolos a ellos, cuando no pueden hacerlo por sí mismos. Poco a poco, van aprendiendo habilidades y, con el tiempo, se convertirán en conductores expertos. Pero, ¿qué pasa si no aprenden a dirigir su coche? Si sólo aprenden a conducir, pero no a dirigir, ¿dónde queda el aprendizaje y el desarrollo de esa habilidad? Con el tiempo, voy viendo cada vez más niños que, a mi parecer, han sufrido un deterioro de su propia voluntad, porque los adultos han aplicado su propia voluntad en lugar de dejar que los niños desarrollen la suya. Desde pequeños la sociedad nos apoya para que sigamos perpetuando una manera de hacer las cosas. Sin embargo, hay una voluntad individual que debe desarrollarse, porque es lo que da sentido a nuestra vida. Sin tener esta voluntad individual en cuenta, desde que nacemos, la sociedad, en forma de los adultos con los que nos relacionamos, nos dice una y otra vez que no nos aceptarán si nos mostramos como somos y que debemos aprender a seguir las directrices de los demás para, supuestamente, adaptarnos y ser unos buenos ciudadanos. Yo me pregunto: ¿cómo vamos a disfrutar simplemente “siendo” si desde pequeños nos dicen que no es viable, que hemos de aprender a “no ser”, a “ser lo que no somos”. No se respeta el desarrollo de nuestra propia voluntad.
Hace años que reflexiono sobre la palabra voluntad. Cada vez la veo más ligada a lo que llamamos el Ser. Es lo que nos empuja a la vida y, estoy segura, es lo que nos permite ser felices y sentirnos realizados. Por supuesto, los padres deben aprender a “desnudarse” de todo lo que han intentado “no ser” para aprender a disfrutar de lo que les usurparon desde pequeños y desarrollarse según sus habilidades (no las que les han forzado a desarrollar). Desde el vientre, nos encontramos conviviendo en fusión con una madre que, seguramente, no se siente a gusto en su propio ser, porque cuando hace lo que le realmente quiere hacer se siente culpable y piensa que para funcionar en esta vida hay que hacer lo que “toca” y no seguir las directrices de lo que uno quiere hacer desde su sinceridad. Luego, nacemos y... conocemos muy bien el panorama: hay que dormir cuando toca, comer lo que toca, aguantarse si queremos contacto... Queda claro que hay que seguir la voluntad de los adultos, que en el fondo están siguiendo la voluntad de un “fantasma” que en el pasado o en el presente les ha dicho lo que tenían que hacer, pero que no está presente en el aquí y ahora de cada situación, y por eso lo llamo fantasma. Así vamos multiplicándonos y eternizando este tipo de “vida” o, más bien, “no vida”. No ponemos en duda este tipo de trato hacia el niño y seguimos apostando por una sociedad que genera una gran insatisfacción e infelicidad. Venimos con un propósito. Démonos cuenta de que la palabra “propósito” es prima hermana de la palabra “voluntad”. Entonces, ¿cómo vamos a realizar el propósito con el que hemos venido si no desarrollamos nuestra voluntad? Tenemos la idea de que el niño es un ser indefenso, como vacío, al que nosotros llenamos. Más allá todavía, la idea que se tiene del niño habitualmente es la de un ser que hay que domesticar, la de un ser lleno de instintos no inteligentes que hay que corregir para que sea un buen ciudadano. Cuando tenemos un hijo tenemos una oportunidad de oro para aprender a situarnos en el aquí ahora y a despojarnos de todos los condicionamientos recibidos de la sociedad y la familia. El condicionamiento social es tan fuerte que, realmente, no vemos a nuestro hijo. Nuestras necesidades creadas a lo largo de nuestra vida, se transforman en un obstáculo para vivir en armonía con nuestros hijos. Ahí empieza un proceso que va a durar toda una vida de sustitución de la voluntad del niño por la nuestra con la finalidad de preservar un modo de vida en el que ni siquiera creemos. Probablemente perdemos una oportunidad enorme para liberarnos de ese mundo en el que no somos felices.
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