| Trascendiendo el autoritarismo en la educación |
|
|
| Reflexiones - Sociedad | |
|
Cuando en la educación de nuestros hijos nos planteamos educar desde el respeto y sin autoritarismo, a través del amor y la amistad, hay una serie de factores clave:
Se educa con el ejemplo: Cambiemos en nosotros todo lo que creemos que nuestros hijos hacen incorrectamente. Superemos nosotros mismos incluso los detalles más sutiles. Si queremos que dejen de gritar, dejemos de gritar, si queremos que se alimenten correctamente, alimentémonos correctamente, si queremos que respeten a los demás seres vivos, respetémoslos nosotros…
La educación es un proceso largo: Hay un proceso de maduración en cada tema de la vida. No podemos pretender que nuestros hijos se comporten como adultos sin haber recorrido el camino hacia la madurez. No podemos hacer que nos hagan caso porque sí, ya mismo, sólo para obedecer pero sin haber madurado. No podemos hacer que callen cuando queremos silencio, que hablen cuando no les apetece, que estén quietos cuando necesitan movimiento…
Escuchar es la clave más importante en las relaciones, mucho más que convencer, discutir o hacer discursos o monólogos: El verdadero diálogo no es para convencer de nuestro punto de vista o para amaestrar a nuestro hijos, haciéndoles creer que la mejor manera de vivir es la nuestra, aunque estemos bien convencidos de ello. No se trata de dar el gran discurso hasta hacer prevalecer nuestra opinión por encima de la suya, sino que dialogamos si los dos estamos dispuestos y con el corazón bien abierto. Escuchar sin juzgar, confiando en el ser que tenemos ante nosotros. Hablar después de haber escuchado de verdad y hacer preguntas que nos aclaren antes de sacar conclusiones, preguntas que los hagan reflexionar a ellos sobre lo que creemos que no han tenido en cuenta. Escuchar de verdad nos permite aprender a no juzgar a nuestros hijos. Si los escuchamos, les enseñamos a escuchar también ellos y, cuando maduren, se les dará bien dialogar desde el respeto y el interés por los demás. A veces, escuchar cuesta mucho, porque la mente va haciendo un discurso interno que impide escuchar, pero es un ejercicio muy recomendable en cualquier relación aprender a silenciar la mente y escuchar de verdad.
Dejar de comparar: Los padres constantemente comparamos nuestra época con la suya, lo que creemos que son con lo que creemos que deberían ser, los comparamos con los otros niños… Si los comparamos, no conoceremos jamás quién son y qué han venido a hacer a este mundo. Y lo peor es que quizá dificultaremos que ellos se conozcan a sí mismos.
Dejar a un lado las ideas preconcebidas de lo que es bueno o malo en la vida cotidiana: Escuchemos a nuestro corazón y no a nuestras opiniones. Ellos son otra generación y han venido a enseñarnos otra manera de hacer las cosas, nos guste más o menos. Su manera de hacer las cosas puede chocar con nuestros prejuicios. Las generaciones siempre hablan de la siguiente generación comparándola con la suya propia y sacando la conclusión de que la siguiente está fatal. A menudo vemos los prejuicios en los demás y no los nuestros y nos vemos a nosotros mismos como super tolerantes cuando tenemos un montón de ideas preconcebidas. Tenemos ideas rígidas de lo que es bueno o malo, de la televisión, de la comida, del comportamiento… ¿Estamos completa i sinceramente seguros de que estamos en la verdad? ¿No será que nos hemos subscrito a las opiniones de los demás o de la sociedad sin preguntarnos qué creemos nosotros realmente respecto a ello? ¿No será que tenemos ideas poco globales, basadas en datos limitados? Probablemente, nos queda mucho por ver y ellos han venido a dejarlo bien claro.
¿Los niños buenos son los que hacen prevalecer el sistema social en el que vivimos? ¿Son los que se comportan como teníamos previsto o nos es más cómodo? ¿Hay realmente niños mejores o peores? Estamos completamente seguros de que lo que están queriendo experimentar nuestros hijos es bueno o malo? ¿Es nuestro corazón quien nos lo está diciendo o es nuestra mente, en base a lo que ha oído por ahí o en base a datos que pertenecen al pasado? ¿Estarán nuestros hijos, quizá, haciéndose expertos en algo que no podemos ni imaginar?
Si no queremos ir dando tumbos de un lado para otro, amargando la relación con nuestros hijos, sólo hay un camino: el del corazón. El corazón ve mucho más que nuestra mente, porque va a planos mucho más globales que la mente, conoce mapas mucho más extensos y sutiles. El corazón siempre habla de la Verdad y siempre vive en el presente, no engaña nunca porque es la sede de nuestra verdadera esencia. Al corazón no le importa que nuestra mente no esté de acuerdo y él sigue diciendo “por ahí, por favor, por ahí”. Claro que si no lo escuchamos porque estamos inmersos en nuestro monólogo mental… No es lo mismo un “no” desde el corazón, desde la sinceridad más absoluta, que un “no” desde el prejuicio, desde la mente desligada del presente.
|

